La lucha es feminista

La media sanción de la Cámara de Diputados al proyecto que propone legalizar la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) marcó un hito histórico en la larga vida del feminismo. Cómo fue la vigilia que reveló la fuerza imparable del movimiento.

Por Andrea Liñan

Publicada en [R]umbo N°29

La media sanción se anunció a las 9.51 del jueves. La primera carpa sobre Rivadavia se empezó a armar cerca de las 23 del martes. Todo lo que ocurrió en el medio fue un capítulo central en la primavera feminista. Ojo, primavera porque estamos floreciendo, afuera era puro invierno.

Como todo hito político, la vigilia se comenzó a gestar semanas antes. Décadas podríamos decir. Pero en lo inmediato, al menos veníamos de meses de concentraciones semanales fuera del Congreso para acompañar las exposiciones en el plenario de comisiones. La semana anterior habíamos sido miles en la cuarta movilización por #NiUnaMenos. La palabra “aborto” se escuchaba más que la palabra “Messi” y había más pañuelos verdes circulando por la calle que figuritas de álbum para intercambiar. Sabíamos que se venía el Mundial de las pibas. Así que algunas decidimos armar la carpa de 12 x 6 en el lugar que nos había tocado en el sorteo algunas horas antes. Léase: 16 horas antes de que iniciara la sesión en Diputados.

Un poco manija, un poco consciencia: nada podía quedar librado al azar y mucho menos con las miles que sabíamos que íbamos a ser. A la 1 nos fuimos a dormir. Fue cuando llegó el relevo de tres compañeros varones que iban a pasar la noche. Sí, los varones cumplieron tareas que también garantizaron que la vigilia fuera posible.

La mañana del miércoles se fue entre preparativos y terminar de poner a punto todo en las carpas, mesas y gacebos. Hacia el mediodía, avenida Rivadavia ya estaba copada por las carpas blancas, enormes, que avisaban al mundo que esto iba para largo y no pensábamos irnos a dormir temprano. Sobre Callao, varias banderas madrugaron y las postas sanitarias se fueron distribuyendo en los distintos puntos.

Casi nada de todo esto fue azaroso o espontáneo. En varias reuniones de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito con organizaciones políticas y sociales habíamos discutido y definido puntos clave para la seguridad dentro del radio mínimo que nos había otorgado el Gobierno de la Ciudad: ubicación de las carpas, distribución de tareas, esquema de autocuidado, charlas-debate, reuniones políticas, baños químicos, contactos con la prensa, comida, abrigo y, por supuesto, mística. No es cosa fácil ser un millón en un radio así de reducido.

La sesión arrancó y a las pocas horas ya no se podía caminar por la calle. Los grupos de Whatsapp empezaron a estallar “Estoy yendo”; “ya hay mucha gente?”; “qué manijaaaa y dale que va a ser ley!”. El glitter verde y el labial violeta empezaron a circular de mano en mano y de abrazo en abrazo, contagiándonos entre las que nos encontrábamos como si estuviéramos en la estación 9 de Julio de la Línea D un viernes en hora pico. Encontrarse a alguien adentro de ese mar de gente verde era tan improbable como encontrarse adentro del campo en un recital, con la diferencia que acá nos encontrábamos todas todo el tiempo. La emoción que nos recorría por hacer de la historia de nuestros cuerpos la historia del país salía en forma de canto por el megáfono.

En la carpa de charlas-talleres de la Campaña, panel tras panel, pasaron decenas de militantes y activistas feministas que compartieron sus experiencias. Aborto y masculinidades; aborto y territorio; aborto y medios de comunicación; aborto y todo. Porque el aborto está en todos y todas y en todos lados. Casi que no se podía entrar. Mujeres con niños y niñas, adolescentes con uniforme y pañuelo, señoras con bastón, varones, alguien con un pasamontañas lleno de glitter, todas asomaban la oreja para escuchar algo de aquellas exposiciones.

En la propuesta que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires nos había hecho en cuanto a la distribución del espacio, por primera vez en la historia se dividía la plaza del Congreso para darle espacio a quienes están en contra de la ley que se discutía. “Para que haya igualdad de condiciones y no haya enfrentamientos”, explicaron. Pero vamos a ser miles, vienen micros de varias provincias. “Va a haber un vallado dividiendo las dos multitudes”. ¿Multitudes? Nosotras somos la multitud. Se suponía que íbamos a estar desde el vallado de Rivadavia hacia el norte, que ese era nuestro lado. A las 20, Avenida de Mayo y el centro de la plaza del Congreso eran la cola de la marea verde que se extendía hasta el horizonte de la avenida 9 de Julio. ¿Y del otro lado de la plaza? Las fotos hablan solas, ni una cuadra llena.

TODOS LOS FUEGOS.

En algún momento de toda esa locura llegó la noche y el frío se puso jodido. El pico de euforia glitter llegó cuando Jimena Baron descosió el escenario y sacamos la foto que el Gobierno con su esquema de plaza dividida quería evitar: Callao y Rivadavia estalladas como nunca y para la historia. Y por nuestros derechos. Ni siquiera cuando terminó el festival y algunas se fueron a buscar un poco de abrigo dejamos de ser una multitud. Los platos con guiso de la olla popular, las hamburguesas y choripanes de carrito, los sándwiches y panes veganos aparecieron y con ellos, claro, el vino y el fernet para mantener caliente el corazón.

El boca de urna legislativo no venía tan bien pero festejábamos igual. Alguien en algún momento se cansó de tener frío y encendió el primer fogón sobre el pavimento. Como buena concentración de brujas, al poco tiempo ya eran muchos, de verdad muchos, los fuegos del aguante.

La madrugada fue apareciendo y cuando repuntábamos alalgún voto, otro se daba vuelta y la cuenta no terminaba de cerrar. “Y si sale mal, ¿nos vamos?”. No. “Pero estoy muy cansada”. No importa, hoy nos vamos a casa con media sanción. A las 5 de la mañana varios diputados y diputadas salieron a la calle a pasar el parte y llenarse de energía para el tramo final. Vamos que es nuestro, vamos que es nuestro. Pero el panorama no es bueno. Hay que aguantar.

Cuando aparecieron los tres votos pampeanos que dieron vuelta el marcador empezó a salir el sol y la multitud empezó a guardar las mantas y arriba que hay que cargar el mate para llegar a la meta. De a poco, entendiendo que se venía la votación, fuimos preparándonos para los penales. Muchas que se habían ido a dormir a casa volvieron, otras vinieron antes de ir a trabajar o ir a la escuela, otras se dieron cuenta que no podían no ser parte de la historia. Los cantos volvieron, las arengas de que va a salir porque esto que hicimos no tiene precedente.

“Acerquémonos al escenario para escuchar la votación”. Dejamos la carpa, armamos nuestras columnas y enfilamos desde Rivadavia hacia Callao. Entendimos que era el momento. Los celulares sintonizaron Twitter mientras una cámara nos filmaba y nosotras no entendíamos muy bien cómo controlar el corazón y los nervios que eran una mezcla dolorosa y hermosa a la vez. Mirada para acá y mirada para allá y “vamos que sale, hay que aguantar que es nuestro”.

Es nuestro. 131 votos a favor fue el número que nos estalló de adentro hacia afuera. Después de eso pasó alrededor de una hora y media que merece una crónica aparte. Lo hicimos. No lo puedo creer. El aborto va a ser legal. ¿Queríamos un Encuentro Nacional de Mujeres en Buenos Aires? Ocurrió. ¿Resolutivo? Media sanción del Proyecto de Ley de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Ahora: por el Senado.

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