Cobrando por ventanilla

Macri empezó a pagar el impacto del modelo de endeudamiento y ajuste: fuerte caída de imagen, cimbronazos internos y eyecciones en el gabinete, y una ola de incertidumbre sobre lo que parecía un proyecto encaminado a la reelección.

Por Patricio Fiorentino

Publicada en [R]umbo N°29

El discurso de la pesada herencia que dejó la gestión kirchnerista, con el que el gobierno de Mauricio Macri justificó sus políticas más antipopulares, parece haberse agotado. Cambiemos se encuentra sumergido en una profunda crisis y no encuentra respuesta entre sus aliados de la oposición, producto de un modelo económico que no convenció a sus socios del mercado, quienes presionaron para acelerar el ajuste y lo acompañaron hasta las puertas del Fondo Monetario Internacional (FMI) en busca de un blindaje multimillonario que le de aire hasta las elecciones de 2019, a cambio de un endeudamiento histórico que pesará como una condena sobre varias generaciones.

Haber apostado a una economía de mercado, al levantarle todas las barreras para el ingreso y salida a los capitales especulativos y dejar a la deriva al sector productivo, tuvo su consecuencia política para el Gobierno. El primer cimbronazo que dio la economía globalizada, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) decidió subir su tasa de interés de 1,50 a 1,75%, movió los cimientos de los países emergentes, pero se sintió con más intensidad en la Argentina, por su alta dependencia de la divisa norteamericana y del financiamiento externo al que apuesta el macrismo.

El movimiento de la FED despertó al mercado y, tras una corrida cambiaria, le consumió con voracidad más de 12 mil millones de los dólares del Banco Central (BCRA) en unos pocos días. Una megadevaluación de más del 40% del peso que disparó la inflación y que llevó al Central a encarecer el crédito para los sectores productivos y alentar a la especulación financiera, al elevar la tasa de interés de las Lebacs (Letras del BCRA) hasta el 47%, fue parte del saldo que dejó esta jugada.

PASARON COSAS.

La desconfianza que generó la crisis cambiaria a quienes financiaban el endeudamiento encareció el crédito, motor del modelo económico del Gobierno. Salir en busca de un acuerdo con el FMI, con lo que ese organismo significó en distintos periodos de la historia argentina, fue la solución que encontró el equipo económico de Cambiemos, a costa de un fuerte ajuste en las cuentas fiscales que ya comenzó a repercutir en los bolsillos.

A través del discurso de sus funcionarios, el Gobierno comenzó a instalar que recurrir al financiamiento del FMI fue la mejor –y única- opción para sortear la crisis y calmar al mercado, que ahora podrá acceder hasta a 50.000 millones de los dólares que ofrece el acuerdo stand by del Fondo por un periodo de tres años, si cumple con un estricto programa de reducción del déficit fiscal. Este acuerdo, entre otras exigencias, implica el recorte de subsidios y la obra pública, la revisión de impuestos y las jubilaciones y cambios en el sistema de empleo.

A PIQUE.

La crisis también provocó coletazos hacia el interior del gabinete que comanda Marcos Peña, quien para mandar un mensaje a los mercados impulsó la salida del presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, para facilitar la llegada de un personaje más afín a los capitales especulativos: el ex ministro de Finanzas, Luis Caputo. El ex JP Morgan y Deutsche Bank, denunciado por operar en paraísos fiscales y por hacer negocios a través de la Anses con el fondo de inversión Axis, ofrecerá, como primera medida al mando del Central, 100 millones de dólares diarios durante 75 días del primer desembolso que habilitará el FMI, para saciar la sed del mercado.

Luego de disfrutar de la primavera pos electoral de octubre del año pasado, la imagen positiva del gobierno de Mauricio Macri se vino a pique. La reforma jubilatoria, los escándalos veraniegos de algunos miembros del gabinete; la disparada del dólar y la inflación, que superaría el índice del año anterior; el aumento de la desocupación y la baja del consumo; haber acudido al FMI para sortear la crisis generó un malestar en la sociedad que ya se ve reflejado en los números de las encuestas. Tras el anuncio de que la Argentina volvería a recurrir al FMI, un estudio realizado por las consultoras Taquion y Trespuntozero disparó que el 64,5% de los argentinos tienen una imagen negativa del Gobierno -21,7 mala, 42,8 muy mala-, mientras que el 68,5% declaró que no confía en esta gestión.

SIN SOCIOS.

Sus socios del PJ dialoguista en el Congreso, que le aseguraron la gobernabilidad durante los primeros dos años de su gestión, de a poco le van soltando la mano al Presidente. La aprobación de la ley antitarifazo, que lo expuso fuertemente al tener que firmar el veto, dejó al descubierto que algo se rompió en esa alianza. El respaldo del jefe del bloque de senadores de PJ, Miguel Ángel Pichetto, al paro general de la CGT del 25 de junio pasado fue otra demostración de que no acompañarán el plan de ajuste que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, acordó con el FMI.

Aunque lo intentó por todos los medios, el Gobierno no pudo desactivar el paro general que convocó la CGT, al que también se sumaron el sindicato de Camioneros y las dos CTA que conducen Hugo Yasky y Pablo Micheli. Hasta los sectores más cercanos dentro de la central obrera, como los gremios del transporte público, no pudieron esquivar el bulto, en un contexto con paritarias que cierran a la baja, una inflación descontrolada, aumento del desempleo y un fuerte ajuste de la economía que recaerá sobre los trabajadores.

La liga de los gobernadores peronistas es otro sector que desde Casa Rosada quieren cómplice del ajuste fiscal. Los mandatarios no criticaron abiertamente el acuerdo con el FMI, pero al ver la letra chica de lo acordado por Dujovne advirtieron que no van a ceder más margen para achicar más aún sus presupuestos provinciales, luego de haber resignado recaudación con la firma del pacto fiscal, para cerrar la disputa del Fondo del Conurbano reclamado por la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal.

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